Cuando el sol entraba por el ventanal de mi despacho, me levanté y me metí en la cama con Gaia. Tenía los brazos y las piernas estirados y un charco de saliva debajo de la mejilla. Le alborote el cabello y la deje estar. Pronto, cuando su tía viniera por ella yo volvería aquí, haría mis maleas junto con Nicolás para zarpar por separado.
He de haber dormido una hora antes de que Gaia se me lanzara encima y me sacara de la cama.
–Tengo hambre, ¿tú no? –Fue lo que dijo cuándo me levante del piso,