Alejandra se miró al espejo con calma. Llevaba una camiseta ancha que no le tapaba del todo el vientre redondeado. Se acarició la piel estirada con dedos suaves, como si dibujara algo invisible. Su cuerpo había cambiado. Las caderas más anchas, los pechos más pesados, la línea vertical que cruzaba su abdomen. Y, sin embargo, nunca se había sentido tan suya. Tan viva. Tan real.
Matías pasó por detrás, con el cabello húmedo aún goteando sobre su nuca. Una toalla colgaba de su cintura, marcando su