Al despertar nuevamente, me sorprendió que Sebastián todavía estuviera en mi apartamento. Me froté los ojos varias veces, incrédula.
Con las mangas remangadas, salía de la cocina trayendo comida.
—¿Despertaste? ¿Quieres comer algo?
—¿Cómo es que... no te fuiste?
Sebastián dejó los platos y se quedó de pie junto a la mesa, mirándome con mis ojos aún somnolientos.
—Temía que si me iba, volverías a ignorarme por mucho tiempo.
Llevaba sus gafas, su cabello sin arreglar caía suavemente. Todo él parec