Mi mente volvió a divagar. Todo lo que podía recordar era cómo esas manos recorrieron mi cuerpo aquella noche. Cómo exploraron territorios que nadie había descubierto antes. Y cómo me hicieron experimentar un placer tan intenso que parecía morir y renacer a la vez.
Me sentía completamente perdida. Mi cabeza estaba llena de pensamientos eróticos.
—¿Te duele de nuevo la mastopatía? —preguntó Sebastián después de terminar de lavarse las manos, secarlas y desinfectarlas, mientras se acercaba a mí.
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