—No voy a mentir por nadie —dijo Adriana, sentada en la cama de hospital con el brazo todavía vendado, su voz débil pero decidida, sus ojos fijos en Mara con una determinación que contrastaba completamente con su cuerpo frágil—. Ni siquiera si la defensa cree que puede convencerme con dinero o con miedo.
Mara sintió que el alivio le aflojaba los hombros por completo, por primera vez desde que Clara les había mostrado el nombre en la lista de testigos. —Entonces por qué te llamaron a ti.
—Porque