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—Fue mi idea —dijo Aurora.—¿Por qué no podemos salir si estamos igual rodeadas de empleados?— preguntó ella con la voz ligeramente temblorosa.

Theo miró a Aurora sobre su yegua y negó molesto. Simplemente no podía creer que hubiera tenido el valor de salir de la mansión sin su maldito permiso. Además no podía creer que se hubiera atrevido a tocar a su preciada yegua. Nunca nadie se había atrev

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