Ana
Me desperté con un sobresalto, como si el sol hubiera irrumpido en mi habitación como un ladrón, robando la oscuridad y dejando en su lugar una luz cegadora. La sensación de su calor en mi piel fue como un recordatorio cruel de que el tiempo había seguido adelante sin mí, y que ya era tarde. Miré el reloj de la mesita, y sus números brillantes me golpearon como un puñetazo: más de las diez de la mañana.
La ausencia de Emir era como un vacío en el aire, un silencio que resonaba en mis oí