Los días continuaron con una aparente normalidad. Era esa tranquilidad que acostumbraba a inquietarme, pues era una clase de presagio que indicaba que algo grande estaba a punto de venir a la escena; sin embargo, con lentitud estaba acostumbrándome a vivir de esa manera, pues, lo que tenía que pasar, terminaría sucediendo eventualmente, sin que pudiéramos manejarlo todo.
Aquella mañana, mientras organizaba algunos documentos en la oficina, mi teléfono vibró sobre el escritorio. Al principio no