Su sonrisa se amplió de forma sutil, mientras sus ojos brillaban con cierta diversión en ellos. Por supuesto que mi actitud le resultaba entretenida, pues, no era típico en mí creer en cosas de esas. Pero yo… yo ya lo había comprobado en más de una ocasión.
¿Esa no era la ley de Murphy? Si algo podía salir mal, saldrá mal.
—¿Siempre tan pesimista? —susurró a mi oído mientras su voz salía con cierto tono de jocosidad.
—Prefiero llamarlo realismo. —Repliqué antes de tirar suavemente de su brazo—.