Mundo ficciónIniciar sesiónNadie tenía porque salir herido, solo tenían que asustar, no tenían que matarla, malditos hijos de puta. Brinco por el barandal y corro hacia ella con la navaja en la mano, un lobo se pone en mi camino intentando agarrarme con sus enormes manos, me derrapo en el piso pasando entre sus piernas, giro sobre mi espalda y con mis pies golpeo sus rodillas por detrás haciendo que se hinque; a los grandotes, duro y a las rodillas, diría mi padre.
Me levanto a tropezones y sigo corriendo hacia







