DEJAME SALVARTE COMO VOS ME SALVASTE A MI,
TU CARAMELO
El mensaje seguía allí, en aquel trozo de papel rasgado, tan inesperado como imposible de ignorar. Mauro sabía que debía hacer algo, no podía quedarse allí, escondido como un cobarde sin hacer nada. Y sin embargo no podía dejar de leer aquellas palabras, como si pudiera verla moviendo sus labios, pronunciando aquel pedido, volviendo en vano cualquier excusa para negarse.
Ella había salido de la casa. Había enfrentado sus peores temores, él