Tras recibir el alta, Leo abandonó el hospital, siguiendo en silencio a su padre como un niño recién regañado hasta que abordaron la camioneta. Seguido de esto, el trayecto de camino a casa resultó una tortura para ambos, ya que ninguno de los dos podía dirigirse la palabra.
En ese momento, el muchacho pelirrojo sentía que sus mejillas ardían de vergüenza por estar tan cerca de su padre, que solo pensaba en disculparse por el penoso momento que le tocó presenciar. Sin embargo, al mirar de reoj