El murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas llenaban el elegante restaurante, pero para mí, todo aquello se desvanecía en un segundo.
Ella ya estaba allí, sentada en una mesa en el centro del salón, con la espalda recta y una elegancia natural que parecía envolverla como un aura. Su larga cabellera rubia caía en cascada, resplandeciendo bajo la tenue luz de las lámparas. Cada uno de sus gestos era impecable, medido, como si hubiera nacido para ocupar aquel lugar con una gracia