La sonrisa de Jacobo se iluminó de inmediato, como si en ese instante todo en el mundo tuviera sentido para él. Sus ojos brillaban, reflejando la luz de las pequeñas lámparas que nos rodeaban, y en ellos vi una felicidad pura, genuina.
Con la delicadeza de quien sostiene algo precioso, sacó un pequeño estuche aterciopelado y lo abrió frente a mí. Un anillo relucía bajo la luz, atrapando mi aliento en mi garganta.
Era un diamante en forma de gota, sutil, elegante, perfecto. El oro rosado que lo