El dolor de marcharme era indescriptible, un vacío que se alojaba en mi pecho como un eco constante de todo lo que había perdido. No era solo el hecho de cambiar de trabajo, ni de alejarme de Gabriel. Era la amarga certeza de que había cometido un error irreparable, un desliz que terminó por quebrar los cimientos de lo que alguna vez pensé que era amor.
No me fui por él. Tampoco por Rebeca ni por su historia inconclusa. Me fui por mí. Porque merecía algo mejor.
Las últimas dos semanas fueron un