Era una mañana fresca en Madrid, de esas que susurran promesas de nuevos comienzos. El aire frío se colaba por la ventana entreabierta, pero en mi interior algo se sentía diferente: calma.
Por primera vez en mucho tiempo, desperté sin sobresaltos, sin el peso de un mensaje que pudiera desestabilizarme, sin la sombra de un amor que ya no era mío. Hoy comenzaba una nueva vida, lejos de todo lo que dolía, lejos de Gabriel… lejos de la mujer que fui cuando estaba con él.
Sin embargo, aún lo sentía.