—Espero que no lo hayas alterado; recuerda que todavía está enfermo —dijo Olivia—. Aún no me creo que su hijo pródigo lo haya llevado a la ruina.
—Si quieres que tenga algún tipo de cargo de conciencia, te equivocas, Mo ghrá —expresó con voz severa—. Como siempre has dicho… Tu padre no es el mío, no tenemos la misma sangre —enarcó una ceja—. ¿No te parece perfecto? De lo contrario, lo que pasó en Quebec entre nosotros estaría prohibido —le recordó, y de pronto cambió de tema—. Ahora dime, ¿cómo