LXXIX

Catherine sabía que Vlad debía modular su arrogancia y entregar parte de su orgullo inmortal para no airar a la anciana tirana, quien en los últimos días había tenido un impulso violento de celos y desconfianza ante la intervención constante del noble extranjero en los asuntos de la corona y la soberanía territorial. El equilibrio de la sala del cónclave pendía del hilo de esa lisonja envenenada.

—Disculpe mi rodeza,

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