— Mantendré las distancias con ella, lo prometo.
— Está bien. ¡No me avergüences de nuevo!
Dice con su habitual tono seco. Estaba de pie delante de mí, impidiéndome el paso.
Tu señora debería tener al menos la decencia de no frecuentar la casa donde vivimos como marido y mujer, aunque esta unión sea sólo judicial.
— Te garantizo que no se repetirá, Adriel.
La voz me salió baja y forzada, las manos me temblaban de rabia mientras me apretaba la bolsa contra el estómago, tenía la cabeza gacha y as