XXIV. Todos sabían de su vida, menos tú
Regreso al auto y me siento por un momento, el dolor de cabeza me está matando y no me deja pensar fríamente.
No creo que pueda encontrarla en la empresa ahora, por supuesto eso es un pensamiento imbécil. Incluso estoy prácticamente seguro que cuando llegue el lunes el de personal me dirá que la secretaria Monroe, dejó una carta de renuncia, pero que se olvide, porque no pienso firmarla nunca.
Si no quiere ser mi secretaria está bien, pero no quiero dejarla escapar de mi vida así como así.
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