Elizabeth (I)

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Rebeca se dejó caer sobre las sábanas calientes y el colchón delicado y suave mientras sus ojos, ahora azul claro, estaban fijos en el techo. Contaba incansablemente números al azar, de arriba a abajo, de atrás para adelante, intentando controlar su respiración y los latidos de su corazón. Su frente sudada, sus ojos vidriosos por el terror y el temblor de su cuerpo eran síntomas que no podía sentir. La escena anterior solo le había provocado una creciente angustia.

Ella no podía seguir ese teatro por mucho tiempo.

Cuando decidió hacerse pasar por esa tal Elizabeth, Rebeca estaba convencida de que el simple hecho de fingir demencia era sumamente sencillo. Tanto como lo puede ser fingir un orgasmo.

Sin embargo, la presencia de esas personas de miradas cariñosas y sonrisas brillantes le hizo comprender que lo que hacía era una crueldad malintencionada.

La madre preocupada, la amiga que sabía todas las historias... ¿Cómo puede fingir no conocerlas sabiendo que, en el interior, sabe quién es su verdadera madre y su mejor amiga?

El nudo en su garganta fue poderoso, trancando su respiración con una pelota de carne invisible que le causaba mucho dolor después de su despertar del coma.

—Mierda, m****a. Esto no está bien. Esto no está bien...

Rebeca tiene la costumbre de repetir algunas veces las frases. ¿Elizabeth tendría la misma costumbre? No, ni de coña. Se notaba que la «Eli» que todos aman apenas habla. Se acomodó en la cama, su cuerpo erguido con dificultad sobre el colchón cómodo. Su mirada pasea por la habitación matrimonial, y cuando su rostro queda frente al espejo con forma de corazón que cubre la mitad de la pared de enfrente, Rebeca suspira con lentitud.

Aunque estaba despeinada y vestida con un buzo, el cuerpo de Elizabeth se veía radiante.

—Incluso después del accidente sigo siendo bella —dijo con reproche—. Como una maldita Barbie.

De niña ella amaba a Barbie. La consideraba un ícono de belleza real. Desde las películas hasta las muñecas, siempre se sintió fea, ya que nunca había visto a una Barbie de piel tostada con cabellos rizados y hasta afros. De hecho, una Barbie que no tiene nada de especial no puede ser especial; Barbie era lo que ella quería ser, pero por alguna razón nunca escogía ser negra.

De grande supo que existían las versiones afrodescendientes de la misma muñeca, pero siendo honesta, ella no quería una copia condescendiente de su raza. Ella quería ser Barbie: rubia, ojos azules y pelo liso sin esfuerzo. Quería ser bella.

Y ahora, de un modo bizarro... ella era bella.

¿Por qué se sentía mal?

Dejó de mirarse, cerrando los ojos y sosteniendo el puente de la nariz con sus dedos debido a la migraña. Maldijo por lo bajo su suerte de ni siquiera poder llorar a gusto. Se secó las lágrimas rápidamente mientras buscaba adaptar su cuerpo a la movilidad.

—No puedo quedarme aquí llorando por nada. Tengo que averiguar algo sobre Elizabeth.

Empezó a mirar a cada lado de la habitación con atención, buscando algo que le diera una pista de quién era ella.

Miró en la mesa de noche a su lado. No había fotos de ella o de Hyun-Seok. Cuando empezó a mirar las paredes, solo pudo ver un cuadro mediano con marco de finas hojas de laurel con una pareja de novios en trajes matrimoniales, de espaldas ante un atardecer en la playa. Rebeca volvió a verse en el espejo para luego mirar los productos de maquillaje y perfumes en el exhibidor. Todo parecían ser productos de mujer. Cuando empezó a mirar mejor, notó que no había nada de Hyun-Seok en el lugar.

La cabeza le dolió cuando hizo el esfuerzo de quedarse sentada en el borde del colchón. En silencio afinó el oído para escuchar pasos o voces, pero no escuchó nada. Trató de levantarse, pero cada intento la tumbaba, de nuevo, hacia la cama.

—Vercia, pero maldita inútil quedé —se recriminó la tercera vez que cayó de espaldas a la cama, quejándose de dolor—. Estoy más floja que la m****a de pato.

El tono alemán en su acento le causó sorpresa. Ahora, por alguna razón, podía entender mejor el alemán. Si no fuera porque estaba desesperada por saber cómo sostener la mentira lo suficiente para no quedar como una loca, ya se hubiera puesto manos a la obra para descifrar ese misterio.

Finalmente, y después de dos intentos, pudo levantarse y caminar con pasos pesados hasta la silla de ruedas.

Moviéndose con las manos en la silla, Rebeca daba tropiezos con los muebles. Se dirigió al centro mirando la habitación, que era igual de grande que su casa. Sin exagerar.

—Demonios... ¿por dónde empiezo?

Se dirigió a una pared que tenía un estante que captó su atención. En él había muchas fotografías de Elizabeth junto a pequeños peluches y piezas modernas poco artísticas: ella de niña usando un vestido amarillo con lazos en la cabeza, una de adolescente rodeada de otras chicas de su edad, pecosas y con un traje deportivo de escuela. Mirando más atentamente, cada foto estaba enmarcada con realeza en sus etapas de adulta. Al ver mejor una de ellas, vio a la dichosa Elizabeth en un club con una de las chicas que había visto en la fiesta.

—Mejor amiga detectada. Pero... ¿y las fotos con su esposo?

Decidió moverse en busca de más fotos o algo más significativo.

Encontró el armario. Una extensa habitación que parecía un mundo propio. A sus lados había percheros de ropa lujosa bien guardada en bolsas, y zapatos de todos los tipos y formas colocados en otro estante.

—Wow... Realmente es como estar en la habitación de Barbie.

Se quedó embelesada con un vestido en particular hasta que, sin querer, golpeó con una de las ruedas una silla de cuero ligera con asiento circular. Rebeca contuvo un jadeo, pero no subió nadie.

—Bueno, pero también, ¿quién mete una silla así aquí?

Inclinándose para acomodarla logra aferrar la silla, pero cuando la alza para levantarla, un ruido en su interior la hace detenerse. Zarandeó un poco la misma, y de nuevo el ruido de objetos livianos removiéndose en el interior captó su atención. Otro zarandeo y sus ojos se abrieron ligeramente al notar que sonaba a hojas.

Volvió a dejar la extraña silla en su lugar y, mirándola fijamente, decidió salir del armario. Empujó la silla hacia afuera y cerró la puerta para buscar el baño, en donde no encontró nada interesante.

—Me rindo, no puedo encontrar nada de esta mujer.

Tal vez podía encontrar su teléfono, pero no tenía ni idea de cuál podría ser y en dónde lo habrían dejado.

Los pasos en el pasillo la sacaron de su cavilación. Rápidamente tomó el asa de las ruedas y empezó a empujarlas hasta la cama, con el corazón latiendo rápido por la ansiedad. Al llegar a la cama intentó acomodarse, pero cuando la puerta se abrió, Rebeca perdió el equilibrio y cayó de bruces contra el suelo, golpeando un poco su cabeza.

—¡Elizabeth! —gritó Hyun-Seok—. ¿Estás bien, cariño?

Hyun-Seok había entrado a la habitación cuando encontró a Elizabeth tirada en el suelo, quejándose en posición fetal. Sin dudarlo fue corriendo hacia ella, sosteniéndola entre sus brazos fuertes en un firme agarre que estremeció a Rebeca desde su interior. Mantuvo su cuerpo sujeto desde la cadera, sus manos rodeaban su cintura fina y las manos de manicura limpia de «Elizabeth» sostenían los hombros de Hyun-Seok en busca de un firmamento seguro.

—¿Qué sucedió? ¿Por qué estás así?

—Lo siento —dijo Rebeca con tono lastimero. Sentía la zona de las costillas doler demasiado—. Lo siento, quería ir... al baño.

—Amor, si necesitabas ir podías haberme gritado. ¡Ya estuviera aquí a tu lado para ayudarte!

Su mirada se clavó en la del asiático, tan joven pero varonil. El corazón le empezó a latir con fuerza y sintió un fuerte calor en sus mejillas cuando notó cómo el brillo de sus ojos preocupados la encandilaba con ardor.

Desvió la mirada para no seguir sosteniéndola, mordiendo su labio inferior para contener esas emociones incontrolables dentro de ella. Hyun-Seok, por su parte, no dudó en cargarla, sosteniendo sus piernas con tanto cuidado como si sostuviera una rosa tan delicada que, ante el roce de cualquier dedo necio, perdería todos sus pétalos.

La acomodó en el medio de la cama y la depositó con cuidado.

—No vuelvas a hacer eso. No estás sana por completo.

Sonaba serio y enfadado; sin embargo, no lo estaba con ella. Rebeca, por su parte, solo pudo asentir. Se miró las manos cuidadas y blancas mientras Hyun-Seok se alejaba de ella, manteniendo una distancia respetuosa.

—Llamaré al doctor.

—No, no es necesario —inquirió ella—. Estoy bien, solo me duele.

Los ojos negros como de gato del asiático se fijaron en los de ella; su mandíbula estaba tensa, mostrando lo anguloso de su rostro.

—¿Sólo te duele? Eso es motivo de llevarte ya al hospital.

Movió la cabeza de modo negativo.

—Se pasará, te lo prometo, pero por favor... ¡No quiero volver a un hospital en lo que me queda de vida!

Hyun-Seok se mantuvo en silencio y luego asintió, aunque se notaba que no estaba de acuerdo. Dio un paso hacia ella, pero de inmediato se detuvo en seco. En su mirada, la urgencia de estar a su lado era tan palpable como la tensión que se formaba entre ambos.

Rebeca quiso eliminar la tensión. Pensó un poco...

—¿Qué pasó con la señora que dijo ser mi madre?

—Entendió que necesitabas darte espacio. Vendrá cuando estés más recuperada y con los ánimos de recibir visitas e información.

—Pero es mi madre. ¿No crees que ella es quien puede ayudarme a recuperar la memoria?

Hyun-Seok sonrió levemente ante ella.

—Tu madre es muy sensible. Me temo que ese proceso podría ser igual de duro para ella que para ti. —Colocó las manos en la espalda, andando de un lado a otro alrededor de la cama—. Prometo traerla tan pronto tus síntomas mejoren y puedas sentirte más independiente. Por ahora, disponte a descansar.

Frunzo el ceño ante sus palabras, pero debía admitir que, desde su punto de vista, estaba en lo cierto. Estaba protegiendo a su esposa de cualquier cosa perturbadora.

Rebeca se miró las uñas limpias y cortas para notar el anillo en su dedo anular derecho.

Si bien era cierto que una parte de la información que necesitaba le era negada, por otro lado podía aprovechar el vínculo de marido y mujer para rellenar esos huecos de información que le eran importantes para fingir ser Elizabeth con naturalidad.

La mirada de la chica parecía mostrar duda, algo que el asiático pudo captar de inmediato.

—¿Tienes alguna pregunta? —dijo con tranquilidad.

—Tengo varias. Empezando por este anillo. —Alzó la mano derecha; su dedo anular mostraba la alianza dorada con un ligero alzamiento—. Entonces, tú y yo somos esposos... ¿cómo nos conocimos?

—Por internet.

Rebeca alzó una ceja.

—¿De verdad nos conocimos así?

—Bueno, ya nos habíamos conocido antes en la universidad. —Una risa risueña salió de sus labios y se llevó la mano a la nuca—. Te vi un día que compartimos el mismo curso de verano.

En medio de un silencio leve, Rebeca le pidió que continuara. Hyun-Seok tomó eso como un gesto positivo.

—Soy muy tímido, por eso me costó mucho hablar contigo en clases. Así que busqué tu usuario en redes, te mandé la solicitud y...

—¿Y...?

El joven soltó una carcajada ante eso. Ella, por su parte y con clara confusión, alzó una ceja.

Hyun-Seok recordó que Elizabeth también hacía eso cuando no solía decirle las cosas completas. Aunque Eli hubiera perdido la memoria, seguía siendo ella.

—Elizabeth, te saldrán arrugas si haces esos gestos.

—¿Y eso qué? No es como si me convirtiera en una mujer de ochenta años por mover las cejas o arrugar la frente. ¿Por qué me dices las cosas a medias?

Hyun-Seok achicó los ojos y Rebeca se mordió la lengua ante su comportamiento.

«Mierda, no era lo que quería lograr».

El asiático no dijo nada hasta que, sentándose en el filo de la cama y manteniendo una distancia de su cuerpo, observó a la mujer ante él con determinación. Rebeca, en su interior, sintió un fuerte apretón en su pecho al notar ese brillo de anhelo dedicado a ella. Anhelo, amor y también tristeza.

Esto no era fácil para él.

Seok abrió los labios ligeramente y comenzó a hablar tan lento que casi parecía que le hablaba a una niña pequeña.

—Eli, sé que esto no es... no es del todo normal. Te entiendo, créeme que te entiendo. Despertar y no saber quién eres... o peor, creer que eres otra persona. —Suspiró—. No sabemos a qué clase de enfermedad nos estamos enfrentando, pero te doy mi palabra de que yo solo deseo tu bien. Que tú estés bien significa que yo lo estaré. Si tú eres feliz, entonces yo seré feliz. Desde que envié esa solicitud y luego tomé el valor de enviarte ese mensaje, he sido el hombre más feliz del mundo. En ese momento, supe que debía hacer todo lo que me fuera posible para convertirte en una reina. En mi reina. Eres el sostén de mi mundo, eres el eje de mi ruta de vida. Eres el norte y el sur, el este y el oeste de lo que soy y lo que quiero ser, Elizabeth. Porque desde el día que aceptaste salir conmigo yo hice un compromiso: hacerte feliz y protegerte de todo el mal en el mundo.

Hyun-Seok se detuvo, visiblemente afectado por sus palabras. El temblor en sus manos era visible sobre el colchón, conteniendo el deseo irrefrenable de quien desea abrazar a un ser querido que había creído perdido.

Rebeca no había dicho nada en todo su discurso, y por dentro sintió cómo un calor cálido la derrumbaba. Se mordería el interior de la mejilla y sus manos jugaban con sus dedos, erráticas. Era demasiado.

—Es demasiado —dijo Rebeca sin aire—. Lo siento, sé que esta situación te duele tanto.

Él sacudió la cabeza, negando sus palabras.

—Antes me dolía la idea de haberte perdido. Ahora te tengo nuevamente, aunque no del todo.

Alzó su mano y acomodó un mechón de cabello rubio detrás de su oreja. Rebeca contuvo la respiración.

Hyun-Seok sonrió ligeramente ante su reacción; sin embargo, tuvo que hacer todo un esfuerzo para contener el deseo de abrazarla y decirle que la amaba, que había sufrido tanto por su accidente que había planeado un sinfín de rutas suicidas para seguirle el paso. El joven empresario, aquel que era tan codiciado por las mujeres de todas las edades y envidiado por hombres poco ambiciosos, no tenía reparo en terminar con su vida si la única mujer que estaba a su lado hubiera dejado de respirar.

Cuando esos hermosos ojos de su niñita desviaron la mirada, él sólo pudo quedarse en su lugar por un largo segundo hasta que se movió nuevamente y se levantó. Hyun-Seok le dedicó una mirada analítica a Elizabeth.

—¿Segura que te sientes bien?

—Sí.

—Entonces, descansa. Mañana podemos hablar mejor de esto. Le diré a la señora Lina que te prepare la cena si quieres.

—No, no —respondió ella—. No tengo hambre. Solo deseo... dormir.

Ante eso, él solo pudo asentir con una sonrisa pequeña. Había sido demasiado para ella.

Caminó hasta la puerta, le dedicó una mirada profunda y sincera, y se despidió:

—Descansa, my girl. Mañana vendré a verte antes de ir al trabajo.

Cuando la puerta se cerró, Rebeca soltó un suspiro contenido y se hundió en la cama, que se sentía suave como una roca. Tomó una almohada y se la llevó a la cara para empezar a gritar con el rostro contra la mullida superficie.

Su corazón latía con tanta fuerza que apenas podía respirar.

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