Después de que Luna se fue, Paula se acercó a mí y extendió su delicada mano.
Esa misma mano que apenas había tocado a Luna.
Paula, sonriendo, dijo: —Pequeño pervertido, ¿lo viste? Esa mujer está hambrienta de sexo. Ahora entra en la habitación y hazla tuya.
Casi se me cae la mandíbula de solo pensarlo.
—¿Paula, en serio? ¿No estarás bromeando?
Con total seriedad, Paula respondió: —Mírame muy bien, ¿parezco estar bromeando?
—Si no estás bromeando, entonces debes estar loca.
—Luna dejó en claro q