Corrí tras ellas, pero no pude ni asomarme para intervenir.
Mi cuñada y Carla hablaban con mucha animosidad, como si no se cansaran de hablar.
Luna y la jefa también parecían llevarse muy bien, se reían y disfrutaban de la conversación.
La verdad yo me sentía como un intruso, sobrando por completo, y me invadió al instante una gran frustración.
Tantas mamacitas, tantas bellezas, y yo no era capaz siquiera de quedarme con ninguna. Qué inútil me sentía.
Aunque me sentía molesto por dentro, traté e