Saqué la tarjeta negra, la sostuve entre dos dedos como un trofeo.
«Esta tarjeta no tiene límite. Nunca se agota». La agité con dramatismo. «Esta tarjeta podría comprar un país si quisiera. Quizá dos».
Se le escapó una carcajada brillante y musical.
«Eres ridículo».
«Soy rico. Hay diferencia».