Contesté, preparado para decirles exactamente lo que pensaba de esa llamada, pero la voz que se escuchó no fue la de la doctora Martínez.
Era mi madre.
—Rafael, por favor no cuelgues. Por favor. Te lo ruego, solo escúchame…
—¿Cómo has conseguido este número?
—Convencí a una enfermera para que me