Mientras varios de los ancianos de la familia Castro mostraban signos de vacilación y el señor Castro aún no había dado su opinión, Anselmo, a su lado, golpeó la mesa y se levantó.
—¿Qué hay para discutir? —preguntó.
—¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestra dignidad como familia Castro por unas pocas píldoras de esencia verdadera de nivel medio? —Anselmo exclamó con indignación.
Dada la posición de Lucía, la señorita de la familia Castro, si se mezclara con Christian y Carmen y se prestara a s