—¿Qué quieres decir? —Catalina preguntó con sospecha, su frente se arrugó, visiblemente molesta.
—Tengo nuestras conversaciones guardadas. Si el señor llega a enterarse...
—¿Me amenazas? —Catalina no podía creer que doña Gertrudis tuviera tanto valor para hacerlo.
Doña Gertrudis, en realidad, tampoco se sentía muy segura, pero había conseguido el puesto de ama de llaves con mucho esfuerzo, ganando un salario considerable y que no estaba dispuesta a perder. Si ahora la despedían, le resultaría di