El aliento cálido y agitado de Jorge se sentía sobre el pecho de Amanda, haciéndola estremecer. Su rostro se sonrojó sin control, y sus orejas empezaron a tornarse rojas.
Los oscuros ojos de Jorge, la miraban como un lobo hambriento.
—¿Estás nerviosa?
—Por favor ya bájame. —dijo ella, molesta.
—Dame solo un beso, y te bajo.
—¡Jorge! ¿No te da vergüenza? ¿Quién de los dos está más incómodo?
—Yo puedo aguantarlo.
—¡No...!
—Si no, seguiremos así.
Amanda miró por la ventana y ya había varias persona