—Yo también sigo el destino, si me parece bien, te ayudaré más —dijo Jorge con calma.
Amanda sintió que esas palabras le resultaban familiares.
—Amanda, si en algún momento de verdad te enamoras de mí y no puedes evitarlo, estaré encantado de recibirte en mi cama —Jorge soltó esa frase y se dio la vuelta para irse.
Amanda, aún sorprendida, le gritó mientras se iba:
—Recuerda... ¡recuerda lavarte las manos!
Él se fue, y la habitación quedó en silencio, pero la poderosa presencia de Jorge seguía i