Amanda, temiendo lastimar su herida, se hizo con delicadeza a un lado.
No esperaba que Jorge también se moviera hacia el borde de la cama, dejando suficiente espacio entre ellos para que cupiera perfectamente un hombre de doscientas libras.
Apagaron la luz, y el aire en la habitación se tornó pesado y cargado de tensión.
Amanda respiraba agitadamente.
Con el paso de los minutos, el sueño no llegaba. Nunca en realidad había compartido la cama con un hombre.
En tres años con Lucas, nunca hicieron