CAPÍTULO OCHO
El punto de vista de Elara

El látigo vuelve a caer. Grito, pero no sale ningún sonido de mi garganta. El cuero me muerde la espalda, desgarrando la piel, partiendo la carne, un fuego que explota en mis nervios. Mis rodillas se estrellan contra el suelo. La multitud está ahí. Siempre ahí. Observando. Juzgando. Disfrutando.

"Otra vez."

La voz del Alfa es fría. Distante. Familiar.

Intento encorvarse, pero unas manos me agarran los brazos, obligándome a incorporarse. La sangre gotea por mi columna, cálida y humillante. Puedo olerla. Oírla. Saboreo el hierro en la parte posterior de mi lengua.

"Nunca fuiste digna de ser Luna", escapa a alguien.

"Débil", ríe otro.

"Desgracia."

El látigo se alza. Abro la boca para suplicar...

Y despierto gritando.

El sonido sale de mí, crudo y roto, desgarrando mi garganta mientras me incorporo de golpe en la estrecha cama. Mi cuerpo está empapado en sudor, el corazón me late tan fuerte que duele.

Por un segundo, no sé dónde estoy. Las paredes se desdibujan.
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