Capítulo 169: La lectura del testamento.

Al final de un pasillo que lucía más oscuro y lúgubre de lo normal, se hallaba esa habitación, en donde, le habían dicho, muy posiblemente ese hombre moriría muy pronto. Abriendo la puerta acompañados ya por el médico de Maximiliano, suspiró.

Lo que vio sobre aquella cama, la dejo helada y perpleja. ¿Quién era ese hombre que yacía allí casi sin moverse y con la mirada perdida? De aquel Maximiliano, altivo, cruel, y orgulloso, no quedaba nada. Sus cabellos ya no estaban perfectamente peinados. Sus labios, ahora resecos y partidos, no estaban abiertos gritando mil ofensas e insultos degradando a nadie. Su mirada desdeñosa y fría, había desaparecido, siendo reemplazada por una demencial que la miró con miedo. Aquel miedo no era más Maximiliano Urriaga, si no los vestigios de lo que una vez fue.

—¡No! ¡No! ¡Solo eres una alucinación! ¡Maximus! ¡Maximus está muerto! ¡Yo lo asesine! Arianna, mi hija…ven con papá, ven y dile a tu padre lo mucho que lo amas, porque yo soy tu padre, ¡Solo yo s
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