97. Rienda suelta a los deseos
Analía
El reloj marcaba poco más de las cuatro de la madrugada cuando me senté en el alféizar de la ventana y oteé aquella parte del jardín. Una pequeña luz iluminaba entre las sombras a los guardias que hacían el cambio de turno.
Inesperadamente, escuché la puerta crujir con suavidad. Ladeé la cabeza esperando encontrarme con alguna de las muchachas del servicio, sin embargo, mi sorpresa fue otra.
Sandro entró a mi habitación como si fuese la suya, pero plenamente consciente de que no se habí