¡Llévala lejos de mi!

Cap 3

¡Llévala lejos de mi!

— ¡Por Dios Jeremías! ¡Qué barbaridad estás diciendo, es una bebé inocente, qué culpa puede tener!— exclamó horrorizado Henry.

— ¡No me importa! ¿Me entiendes? ¡Haz arreglos para que muera! ¡Haz lo que sea, pero quítala de mi vista!— exclamó él.

— Jeremías, vamos a ocuparnos del funeral de Lydia, después nos ocupamos de tus hijas, ahora estás dolido, después hablamos de que va a pasar con tus hijas— aconsejó él amigo médico.

— ¡Está bien, pero le dirás a todos que solo sobrevivió una niña, solo una Henry! Si dices que hay dos te juro que te haré desaparecer de éste mundo— dijo con los ojos oscuros por el dolor.

Éste lo miró aceptando lo que le sugería; se preparó todo para los funerales de la esposa de Jeremías, tal como lo había ordenado Jeremías Hellinger, a todos se les informó que solo una niña había logrado sobrevivir, el médico familiar estaba anonadado de la reacción de su amigo y cliente.

No le quedó más remedio que seguir la corriente, en su mente se decía:

— «Creo que Jeremías se volvió loco por el dolor»

Después de los funerales, una de las niñas aún permanecía en la clínica, al cuidado del personal médico; Jeremías se había llevado a la que había nacido primero, un día llamó a Henry Madden a su despacho, al éste estar frente a él le preguntó:

— ¿Que hiciste con la segunda niña?

— Nada, está en incubadora— dijo el médico.

— ¡Te dije, que no quiero que viva! ¡Déjala morir!

— ¿Te has vuelto loco? ¡Eso no es ético! ¡Así me quites la vida, no haré tal atrocidad!— exclamó él hombre.

—¡ No sé que harás, pero esa niña no será parte de mi familia! — exclamó Jeremías firme en su palabra.

— Entonces; ¿la doy en adopción?— preguntó Henry confundido.

— Sí— dijo sin levantar la vista.

—No puedo creer que culpes a tu propia hija del fallecimiento de Lydia, ella no tiene la culpa Jeremías, es solo una bebé indefensa, no seas cruel— aconsejó Henry.

— Ella es la que debía estar muerta, no mi mujer, no la quiero cerca de mí— susurró él, con los dientes apretados.

— Entonces; ¿ La llevo a un orfanato?— preguntó Henry, aunque ya sabía la respuesta.

— ¡Sácala de la clínica, ponla en una caja, déjala abandonada en cualquier lugar, así morirá, pero deshazte de esa mocosa!— exigió Jeremías.

Henry Madden echó la cabeza hacia atrás, moviendola de un lado a otro sin comprender la actitud de éste hombre; se atrevió a preguntar.

— ¿Qué es lo que pretendes con esa actitud mi amigo? ¿Crees que Lydia aprobaría que dejaras morir a su propia hija?

Fué una manera de recurrir a la misericordia de éste hombre enloquecido por el dolor, pero necesitaba hacerlo entrar en razón, nombrar a la esposa muerta afortunadamente surtió el efecto, que esperaba.

— ¡Espera un momento! Hay un convento, donde funciona un orfanato, al que siempre mi Lydia le encantó ayudar— dijo Jeremías— esa es la solución para mí problema, mañana mismo te vas a ocupar de éso.

—¿Qué es lo que se te ha ocurrido ahora?— preguntó Henry con un mal sabor en la boca.

— Quiero que vayas a hablar con la madre superiora, le dirás que hay una niña que necesita estar allí, entre los huérfanos; por nada del mundo dirás que es mi hija Henry Madden, tú serás el que de la cara, crea cualquier historia, la dejas allí, que no salga jamás, de ese lugar— dijo Jeremías.

— ¿Por qué quieres abandonar a esa niña en un convento?— preguntó Henry aún sin comprender— ¿Es por lo que tú y yo sabemos?

— ¿De qué hablas? Solo quiero que se haga religiosa, así podrá pagar el pecado de haber asesinado a su madre al nacer —dijo enfatizando cada palabra.

— ¡Jeremías! ¿Acaso estás hablando en serio? ¡Esa niña no es culpable de nada por Dios! ¡Recapacita! ¡Aún estás a tiempo de decir a todos que Lydia tuvo dos hijas, no seas irracional!— exclamó él médico.

—¡No! ¡Ella no existe para nadie, está muerta! La enterraremos en vida en ese convento, será el precio que pagará por haber nacido, llevándose a mi Lydia a la tumba— dijo con voz siseante.

— ¿Entonces nadie debe saber que es la gemela de la hija de Lydia?— preguntó Henry.

— Lo has entendido bien, no quiero oír mencionar más que esa niña está viva; ¿Me entiendes? Solo tú y yo sabemos a dónde irá, apenas entre en ese convento dejará de existir para mí — dijo Jeremías Hellinger sin un ápice de sentimientos.

Henry Madden, le dijo a Jeremías que apenas la niña estuviera fuera de peligro,cumpliría con él acuerdo, éste aceptó a regañadientes.

Unas semanas después salió con la pequeña de la clínica, con destino a un convento que quedaba a unas cuantas millas de dónde vivía Jeremías Hellinger. Allí el médico le dijo a la madre superiora que la niña había nacido prematura, la madre había fallecido al tenerla, qué el padre, ni ningún familiar había ido a reclamar a la bebé.

— ¡Que gente tan cruel!— dijo la monja— ¿Cómo se llama?

— Madre, el padre me pidió dejarla acá con la condición de que él dará un aporte de dinero al convento cada año, usted no hará preguntas, solo se va a asegurar de que ésta niña no salga jamás de éste lugar— dijo Henry apenado.

— ¿Entonces se hará religiosa al cumplir los dieciocho años?— preguntó ella.

—Sí, usted deberá enseñarle que ese será su destino, él culpa a la niña por la muerte de su esposa, creo que enloqueció, sólo cumplo órdenes—dijo él.

— ¿Cómo se llama la niña?— preguntó la monja.

— No tiene nombre— dijo él.

— Pobre criatura, la llamaré Esther— dijo la mujer.

Así había quedado sellado el destino de aquella niña, que ahora se paseaba por el jardín del convento, preguntando a Dios si no había una oportunidad para que ella no tomara los hábitos de religiosa.

— ¡Esther, vamos, ven adentro, está haciendo mucho frío! — dijo una monja desde la puerta principal.

Ese era el nombre de la chica que estaba asomada a la reja de aquel convento, ella suspiró, no le quedaba más remedio que hacer lo que se le pedía.

Siempre había mostrado cierta rebeldía ante las exigencias de las hermanas, no aceptaba tener que vivir con tantas limitaciones alimenticias, además de vestir de forma precaria, pero siempre terminaba sometiéndose a lo que ellas decían, sonrió y obedeció como siempre a lo que se le estaba pidiendo.

En su residencia, Agnes Hellinger siempre había sido sumisa ante las exigencias de su padre, para ella obedecer y complacer a Jeremías quien era su padre era más importante que cualquier otra cosa, aparentemente adoraba a su papá.

Se encontraba reunida con él, como todas las tardes; era una jóven hermosa, de carácter apacible, ya habían pasado varios semanas desde que había cumplido los dieciocho años, se sentía afortunada, pues había sido educada en los mejores colegios; desde que tenía memoria, sabía que estaba comprometida con Mathías Gardner un apuesto muchacho con el que pronto se iba a casar.

Por voluntad de su padre se había arreglado un matrimonio con el hombre con quién había pasado su mejor día de cumpleaños, era muy guapo, se le había inculcado que ella había nacido para ser la esposa de Mathías, solo tenía que cumplir con ese acuerdo.

Éste se había criado durante mucho tiempo en el extranjero, pero se habían visto en varias oportunidades en que él venía de vacaciones, para reforzar la alianza que se iba a cumplir muy pronto.

— ¡Está bien papá! Mi novio está demasiado bello! ¡Me gusta mucho el esposo que me escogiste! Así que no te preocupes, Mathías y yo nos casaremos muy pronto y seremos muy felices!— había respondido cuando se le dijo que estaba por regresar al país definitivamente.

— ¡Así me gusta! ¡Que seas obediente! ¡Tu madre estaría orgullosa de tí, mi niña!

Te has convertido en una bella mujercita— decía Jeremías lleno de orgullo por su bella hija.

— Mi mamá, ¡Cuánto me hubiera gustado conocerla, lástima que falleció al nacer yo— dijo con un dejo de tristeza.

— ¡No, ella falleció después, cuando nació la otra, las dos se fueron el mismo día — dijo Jeremías abrazando a su hija.

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