El silencio en el que habitación de Mariantonieta se había sumido era consolador, sobre todo porque estaba únicamente quebrado por el goteo del agua de la regadera abierta que empapaba mi piel.
Las lágrimas se escurrían por mis mejillas camuflándose con el agua y los sollozos se ahogaban en lo más profundo de mi alma.
Mi prima no preguntó nada y lo agradecí enormemente.
Pero jamás llegue a pensar que el genio de Nikolas fuese a empeorar a tal punto de estallar su vaso con bebida en la pare