Punto de vista de Cecilia
—Atención, el Rey Alfa Leopold Kingsley está reclutando nuevas esclavas. Se ordena a todas las Omegas vírgenes y sin compañero, de entre dieciocho y veintitrés años, que se presenten en la plaza principal de la manada.
Mi sangre se congeló inmediatamente al escuchar el anuncio. Me quedé inmóvil por el impacto en medio del mercado, dejando que la cesta de hierbas se me escapara de las manos.
[Sophia. Tenía que encontrar a Sophia.]
Sin dudarlo un solo segundo, eché a correr de regreso a casa.
Durante los últimos meses, había escuchado incontables historias sobre el despiadado Rey Alfa, las cuales solían terminar con la muerte de alguna pobre esclava. No era ningún misterio por qué el palacio buscaba personal constantemente. En los susurros más íntimos, algunos lo llamaban un tirano despiadado; otros, un monstruo de sangre fría. Aunque yo era la hija de un Alfa y tenía diecisiete años, por lo que la orden real no me amenazaba, mi amiga Sophia sí era una Omega virgen y sin compañero. Justo lo que el despiadado Rey buscaba.
Sophia y su madre, Diana, eran esclavas Omegas de la manada Luna de Plata, la cual lideraba mi padre. Sin embargo, él siempre las había tratado como si fueran de la familia.
Tras la muerte de mi madre, empecé a valorar aún más a quienes me rodeaban. Por eso, a pesar de nuestras diferencias de rango, Sophia y yo crecimos en la misma casa y la consideraba mi hermana.
Dudaba que un Alfa pudiera oponerse a una orden directa del mismísimo Rey Alfa, pero sin duda lo intentaríamos.
Irrumpí por la puerta principal sin molestarme en llamar, jadeando por la falta de aire. Pero lo que presencié me conmocionó hasta la médula.
Mi padre estaba sentado a la cabeza de la mesa del comedor, con Diana a su lado y Sophia frente a él. Se reían juntos y Diana le tocaba el brazo con la mano.
Como una verdadera familia.
[¿Acaso siempre hacían eso mientras yo no estaba?]
La sonrisa de mi padre se desvaneció en cuanto me vio.
—¿Cecilia? ¿Ya terminaste en el mercado? ¿Por qué volviste tan temprano?
Me costó respirar de nuevo.
—El ejército real está aquí. Se están llevando a las esclavas Omegas. Vírgenes y sin compañero, de entre dieciocho y veintitrés años —dije.
El rostro de mi padre se ensombreció. Diana ahogó un grito y pude escuchar el temblor en su respiración.
Sophia se puso blanca como la tiza. Sus ojos amplios y aterrorizados se fijaron en mi padre.
—¡Papá, ayúdame!
La palabra quedó suspendida en el aire como humo. Papá. Dijo "Papá", no "Alfa William" ni "Señor".
Y mi padre no la corrigió.
—Por favor, William —suplicó Diana entre lágrimas, extendiendo la mano hacia él—. No dejes que se lleven a nuestra hija.
"Nuestra hija". Esas palabras no tenían ningún sentido para mí.
Pero mi padre tampoco la corrigió a ella. Mi padre se levantó y apretó la mandíbula con determinación.
—No dejaré que Sophia vaya a ese lugar tan peligroso. Se los prometo a ambas.
Al segundo siguiente, la mirada de mi padre se fijó en mí. Afilada, calculadora y fría.
[¿Qué significaba eso?]
—Oficiales del Palacio Real. ¡Abran! —gritó una voz ronca desde el exterior.
Mi padre fue a abrir la puerta.
—Buenas noches. ¿Puedo preguntar el motivo de esta visita?
—Buenas noches, Alfa William. Tenemos la confirmación de que aquí vive una hembra Omega de dieciocho años. Debemos llevarla al palacio por orden de Su Majestad —el oficial revisó una lista en su mano—. ¿Se encuentra aquí una tal... Sophia? —preguntó, mirando más allá de mi padre, directamente a Sophia.
Para mi sorpresa, mi padre me sujetó con firmeza del hombro y me empujó frente a los soldados.
—Ella es Sophia —dijo—. Esta es la loba Omega que buscan.
[¿De qué estaba hablando?]
—¿Qué? —exclamé hacia los oficiales—. No sé por qué dice eso, pero yo soy su hija Cecilia.
Mi padre se giró hacia mí con el rostro desencajado por la furia.
—Estás mintiendo, Sophia —luego se dirigió a los oficiales—. Ella es nuestra esclava Omega. La otra es mi hija Cecilia.
Los dos oficiales asentieron y se adelantaron, tomándome cada uno de un brazo para escoltarme hacia la salida.
—¡Papá! ¡Por favor! —supliqué mientras me arrastraban—. Diles la verdad.
Al echarle una última mirada a Sophia y a Diana, me parecieron casi dos desconocidas. Sophia se mostraba distante y fría, mientras que Diana lucía satisfecha.
De pronto, algo encajó en mi mente. Lo que acababa de ver al abrir la puerta: Sophia llamando "Papá" a mi padre, Diana pidiéndole que salvara a "nuestra hija"... y el hecho de que mi padre se preocupara por ellas incluso más que por mí en algunas ocasiones.
Había algo entre mi padre y Diana. Y Sophia... podía ser su hija.
Si eso era cierto, debieron haber estado juntos incluso antes de que mi padre se apareara con mi madre, ya que Sophia era un año mayor que yo.
Mi madre, mi hermosa y bondadosa madre, de manos suaves y risa cálida, había muerto cuando yo tenía siete años, víctima de una enfermedad repentina y extraña. ¿Realmente habría muerto por una enfermedad, o ocurrió algo mucho más oscuro que provocó su deceso?
[¿Acaso Diana y mi padre querían deshacerse de ella?]
Tal vez siempre existió un plan para deshacerse de mí también. Se me oprimió el pecho de amargura al preguntarme si todo este incidente no resultaba, en realidad, de lo más conveniente para las personas a las que solía llamar familia.
No dije nada durante el trayecto al palacio. Solo dos pensamientos daban vueltas en mi mente: [1. Nadie creería mi palabra por encima de la de mi padre, pero volvería, sin importar cuánto tiempo tomara. 2. Descubriría qué le ocurrió a mi madre, a cualquier precio.]
Cuando el carruaje se detuvo frente al palacio, una presencia repentina me sacó de mis pensamientos: la presencia de Lora, mi loba interior. Se había despertado por algo que yo, como humana, no alcanzaba a percibir por completo.
—Mi compañero está cerca —dijo Lora de repente.