Bajé del taxi y me dirigí rápidamente hacia la cafetería.
Valentina, en ese momento, ya tenía los ojos hinchados de tanto llorar y, entre sollozos, logró explicarme la situación. Al parecer, después de ganar la licitación hoy, un colega le había susurrado que iba a ser reemplazada.
El jefe había decidido que, una vez que todo estuviera en marcha, su propio cuñado lo sustituiría, lo que significaba que Valentina no recibiría su parte de las ganancias.
—¡Se habla de setecientos mil! ¡Setecientos m