—¡Camila! ¡Ya llegué, no tengas miedo! —La voz de Daniel sonaba algo ronca; a través de la casa de chapa, podía sentir su ansiedad.
Por la ventana, vi que él y los policías corrían hacia nosotros.
—¡No entren, las piedras tienen radiación, retrocedan...! —Recordando lo que Sofía había dicho, grité con todas mis fuerzas.
—¡Maldita, solo tú hablas de más! —Sofía me golpeó con el cuchillo en la parte de atrás de la cabeza.
No logré mantener el equilibrio y caí de bruces. Ella me levantó con fuerza,