Darshen y Maya se sentaron en el jardín, más tarde ese mismo día, después de que la abuela se fuera a dormir la siesta.
La silla era exactamente tan cómoda como parecía. Maya la ocupó. Darshen se sentó en el escalón debajo de ella, lo suficientemente cerca para que su hombro rozara la rodilla de ella, lo suficientemente cerca para que ella pudiera bajar la mano y tocarle el cabello si quisiera.
Lo hizo, una vez. Solo un breve instante. Sus dedos lo acariciaron como si estuviera comprobando que