La casa no se parecía a nada de lo que Darshen hubiera conocido.
Pequeña. Atestada de vida. Cada pared sostenía fotografías, cada superficie guardaba algo que significaba algo para alguien: un cuenco de cerámica que probablemente fue de una abuela, una pila de libros con lomos agrietados, zapatos junto a la puerta en cuatro tallas distintas.
Olía a comida, a calidez y a ese tipo particular de amor que no se anuncia. Simplemente existía. Silencioso. En cada rincón.
Darshen se quedó de pie en el