5: Timothy Wagner.

Algunas miradas cayeron indiscretas sobre Massiel y Emiliano cuando ambos llegaron en el mismo carro.

De repente, ella recordó como había escuchado a sus dos compañeras decir que era "La zorra del jefe".

Había pensado durante aquel término durante varias horas, pero solo en aquel instante, este se había aparecido de nuevo en su mente, despertando una agitación en ella.

Todos creerían que en realidad era la zorra del jefe, jamás se había visto a Emiliano llegar con nadie a la empresa, ¿y llegaba justo con aquella que todos creían que se acostaba con él? Era muy poco favorable, pero Massiel dudaba que su jefe conociera de alguna manera aquel rumor.

—Hay que ir a la junta, estamos tarde.

La única razón por la que había invitado a Massiel a aquella junta, era para crear cercanía con ella, pero no podía admitirlo, tenía que mantener aquella barrera entre ambos, la barrera de jefe y secretaria.

Entre rápidos pasos, ambos se desvanecieron por un pasillo poco transitado.

Al llegar a la junta, las frías miradas de los socios de Emiliano, la acribillaron, se incrustaron en ella como una lluvia de agujas.

Una disculpa por la tardanza emergió de los labios de Emiliano. Massiel tomó asiento, empequeñeciéndose en su sitio, procurando ser poco vista.

Emiliano elevó su mirada cuando uno de sus socios se aproximó a él.

—¿Es tu secretaria? —La lascivia se aproximó en aquellos ojos café—. La rubia.

—Lo es.

Su socio contempló a Massiel, sumergida en sí misma.

—Es preciosa.

Emiliano sintió un punzón en su pecho.

—¿Puedes dejar de mirarla de esa manera?

—¿De qué manera?

—Como si quisieras desnudarla en este mismo instante.

—Pues ganas no me faltan. —Su socio mordió los labios—. Ríete un poco, pareces celoso.

—¿Por qué habría de estar celoso?

—Únicamente tú lo sabrías. Pero, como hombre casado que serás, supongo te importa muy poco si conquisto a tu secretaria.

Los celos se aposaron en la garganta del hombre, estallando, ocasionando estragos en su cuerpo.

Emiliano pasó por alto las palabras de su socio, situándose de pie y convocando la atención de los demás presentes, empezando a dar su discurso.

Otro punzón de celos nació en el pecho del hombre al ver la lasciva mirada que su socio le dedicaba a la rubia.

Emiliano jamás había sentido celos, hasta aquel instante en donde su mirada ardía en amargura.

La impotencia y los celos danzaban en su mirada, no podía hacer nada para evitar que su socio le dedicara miradas lascivas a Massiel, no podía intentar mandar sobre ella, lo más que podía hacer, era advertirle que cualquier proposición por parte de aquel hombre, fuera rechazada, pero no sabía como hacer eso sin sentir que actuaba como un intruso, porque después de todo, ¿quién era él para decidir con quien ella tenía o no tenía que estar?

No era nadie, y aquello era lo que verdaderamente le dolía.

***

El discurso concluyó. Todos empezaban a retirarse. Los ojos de Emiliano se encontraron con los de Massiel, que lo miraba de manera perdida, hasta que se percató, y retiró sus ojos de él.

Habían sido muchas las veces en las que él la había atrapado mirándolo perdida. Las dudas nacían en su cabeza. Teorías estúpidas no podía evitar tener.

Un apretón de mano de despedidas fue lo que Emiliano les dio a todos, para luego acercarse a la preciosa Massiel.

Tanto Emiliano como Massiel se dirigieron hacia la salida de la oficina.

La mujer tragó con amargura cuando se encontró con Inés, esperándolo.

La burbuja se había roto. La realidad la embestía como un amante deseoso. La chispa de sus ojos se redujo a nada.

Desvió de inmediato sus ojos intentando ocultar la ráfaga de celos que estalló en su cuerpo.

Sabía que incorrecto sentir celos por un hombre con el que jamás podría estar, pero aquello había escapado de su poder hace mucho tiempo. Los sentía, y reprimirlos solo enfurecía mucho más a la bestia en su interior.

Sintió un nudo en su garganta cuando sin quererlo, observó como Inés dejaba un beso en los labios de Emiliano.

—Iré a llevar esto a su oficina —anunció, y sin esperar respuesta, se retiró de allí, agitada.

Una vez se encontró en la oficina de su jefe, dejó salir un largo y amargo suspiro.

No permaneció mucho tiempo allí, salió de la oficina de su jefe, direccionándose a la suya, pero su caminata fue interrumpida por unos pasos aproximándose hacia ella.

Perfume vigoroso, cabello de la noche, ojos de fuego.

Uno de los socios de Emiliano caminaba en su dirección.

Si no el fallaba la memoria, aquel hombre se apellida Wagner, Timothy Wagner, un ruso dueño de una empresa vecina a esa.

Massiel levantó su ceja, ¿qué podría querer aquel hombre de ella?

—Me encantó el empeño que pusiste al anotar todo lo que tu jefe pidió —la halagó Timothy, liberando una sonrisa; un saludo fue innecesario, él no era un hombre que los diera—. Un gusto, mi nombre es Timothy Wagner, ¿y el tuyo?

—Mi nombre es… Massiel, un gusto. —Ella le tendió la mano, el hombre la sostuvo con firmeza, liberando una segunda sonrisa, mucho más perversa que la anterior.

—Muy bien, Massiel, si no me equivoco, eres la secretaria de Emiliano, ¿no es así?

—Así es…

La inseguridad paseó por el rostro de la rubia.

—Tu empeño despertó en mí, ganas de robarte para mi empresa —rió él, aunque de alguna forma, no parecía bromear en absoluto—. Las secretarias de allá son un montón de incompetentes, tú serías la diferencia, muñeca.

Entre un tartamudeo, Massiel le agradeció.

Timothy abrió sus labios, con el propósito de decir algo más, pero Emiliano se aproximó de repente a la escena, interrumpiéndolos.

—Massiel, quiero hablar contigo.

A Massiel le pareció extraño que no hubiese siquiera saludado a Timothy Wagner.

—Permítame un momento, señor Timothy…

—Descuida, me iré, pero aquí te dejo mi número. —El hombre le entregó una tarjeta—. ¿Podrías darme el tuyo?

Massiel dilató sus ojos, ¿para qué querría su número un hombre como aquel? No poseía alguna idea, pero Emiliano sí: para seducirla, llevarla a la cama y después actuar como si ella jamás hubiese existido. No quería aquello para Massiel, por lo que la jaló del brazo, insistiéndole en ir con él.

—Tal vez en otra ocasión, es que ahora…

—Ahora me la llevaré, tiene algo que hablar conmigo.

Timothy sonrió sin pretenderlo, no parecía enojado, al contrario, en su rostro permanecía una indeleble mueca de risa burlona.

—Ha sido un gusto maravilloso hablar contigo, Massiel. Nos veremos de nuevo, te lo aseguro.

Timothy se retiró, no sin antes guiñarle el ojo a Emiliano.

Había comprobado aquello que quería comprobar: Emiliano se sentía celoso cada vez que él intentaba acercarse a su secretaria, lo que de cierta forma, hacía que él quisiera acercarse mucho más.

Aunque Timothy no imaginaba las consecuencias que aquello acarrearía para todos, incluso para sí mismo.

***

Emiliano mordió sus labios con vigor.

Los celos eran realmente amargos, se dijo a sí mismo; egoísta e incoherente, así era aquel sentimiento, que lo hacía creer que tenía el derecho de alejarla o acercarla a alguien. Se maldijo a sí mismo de mil formas distintas. Él no tenía derecho sobre nadie, mucho menos sobre su simple secretaria.

—Massiel, estoy al tanto de que esto no me concierte, pero necesito decírtelo. —Aquellas imprevistas palabras aprisionaron la atención de la mujer—. Puedes hacer lo que quieras con tu vida privada, pero… no te recomiendo acercarte demasiado a Timothy.

Ella parpadeó, lo miró sin comprenderlo, ¿a qué se refería con “acercarse a Timothy”? Apenas habían mantenido una pobre conversación con el hombre.

—No entiendo a q-que se refiere con…

—Timothy solo quiere llevarte a la cama. —Ella dilató su mirada—. Sé que dirás que apenas hablaron, pero tengo años conociéndolo, y sé la razón por la que mostró interés en hablar contigo.

—P-pero… de todas formas, yo sería incapaz de irme a la cama con un hombre de una sola noche.

Él suspiró, como si tenía demasiado para decir, pero elegía el más profundo silencio. Tantas cosas en su garganta, terminarían rasguñándolo por adentro. Lo que menos quería, era que ella saliera lastimada.

—Es solo una sugerencia, Massiel.

Buscó la manera de mostrarse frío, casi ajeno al tema, pero el hecho de que la había arrastrado a su oficina para advertirle aquello, era un contrapeso muy vigoroso.

—Me aseguraré de seguirla, señor.

***

Entre miradas intensas, ella había salido de la oficina de su jefe. La tensión era tanta, que podía sentirla apuñada en cada margen de su cuerpo.

Decidió tomar el corto receso que le permitían, para dirigirse hacia el jardín trasero de la empresa, en donde siempre podía concebir paz.

Pero aquel día, hubo una particularidad.

Una vez tomó asiento en el mismo banco de siempre, intentando fundirse en relajación, escuchó el sonido de unos murmullos que rompieron su nulo estado de paz.

Nadie iba a aquel jardín, ¿quién podría encontrarse allí?

Un paso hacia adelante dio, aproximándose con recelo hacia la raíz del ruido.

La perplejidad la embistió cuando encontró a los autores de aquellos murmullos, cuando se percató de lo que realmente sucedía.

Inés se besaba apasionadamente con uno de los socios de Emiliano en la parte trasera de la empresa.

Al principio no le ofreció algún crédito a sus ojos.

Presa por la perplejidad, asomó su cabeza con más cautela, percatándose de que no se trataba de un espejismo.

Le tomó unos cinco minutos alejar su mirada de allí. La impotencia se le aferró al cuello como una cadena.

Una maldición se escapó de los labios de la rubia, que decidió que era momento de irse de allí, pero la dicha no estaba de su lado.

Aquel jardín, estaba lleno de enormes rocas, con las que nunca había tenido la desdicha de tropezar, hasta aquel preciso momento, en el que el golpe fue tan fuerte, que un enorme grito no pudo contener, revelando su posición.

El beso entre ambos se quebró al escuchar aquel grito, no les costó demasiado tiempo acercarse a la causante de este.

Los ojos de Massiel e Inés se enfrentaron con crueldad, ninguna emitió una sola palabra.

La rubia quiso irse de allí, pero la mano de Inés se lo imposibilitó.

Massiel tiró de su brazo con fuerza, pero aquello no rompió el vigoroso contacto.

Inés le había advertido a su amante que era un mal plan hacer aquello en la empresa de su futuro esposo, pero la pasión le había consumido a la razón.

Massiel tiró de su brazo con violencia, destrozando el agarre que Inés mantenía.

La futura esposa de Emiliano, enarcó una ceja, sabiendo que Massiel los había visto.

La mirada que aquel hombre le reveló a Massiel, le indicó de manera sutil que era capaz de hacer cualquier cosa para que ella guardara silencio.

Cuando Massiel quiso retirarse una vez más, sintió una presión mucho más fuerte en su brazo.

La presión del agarre del hombre.

Massiel pasó saliva, observando a la oscuridad en aquella mirada.

—¡Déjeme ir!

—Lo que sea que hayas visto o escuchado, no lo hiciste, no lo viste, no lo escuchaste, y si quieres conservar tu bienestar, guardarás silencio. —Un frío corrió por el cuerpo de Massiel ante la amenaza—. ¿Me entendiste? —La falta de respuesta por parte de Massiel, ocasionó que el hombre se enfadara y la zarandeara más—. ¡¿Me entendiste?!

Massiel continuó sin proporcionarle alguna respuesta.

El hombre elevó su mano, dispuesto a abofetear a Massiel.

Inés lo frenó.

—Estoy segura de que ella comprendió. Espero que ese mismo silencio guardes sobre lo que viste. —Inés contuvo el deseo de abofetearla ella misma ante su silencio.

Massiel observó la roja marca que había en su brazo, pretendió no inmutarse, le dedicó a ambos una mirada helada, pero su corazón se quebraba en miedo.

—Eso es nada en comparación con lo que te pasará si abres la boca. —La amenaza colisionó contra el rostro de Massiel, quien decidió irse de allí antes de que alguno de los dos pudiera decir algo más.

El hombre la miró irse.

—Tienes que deshacerte de ella, Inés.

—No será necesario, sé que ella no dirá nada.

—No puedo arriesgarme, tengo un hijo y una esposa, si esa estúpida rubia abre la boca, me encargaré de cosérsela para siempre.

—Nadie va a creerle de todas formas, es una simple secretaria. —Inés mostró seguridad en lo que afirmaba—. Y si abre la boca, buscaremos la manera de silenciarla para siempre.

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