La reina de las magnolias
La reina de las magnolias
Por: Fatyreadbook
PREFACIO

Susie una mujer de 19 años vive en Virginia en 1945. Ella se ve envuelta en una travesía en otro mundo, cuando por los laberintos del patio encuentra una puerta escondida y se queda atrapada en un mundo nuevo, llamado el imperio de las magnolias, dividido en dos tierras llamadas Maia y Calanthe. Ella en busca de respuestas encuentra unas chozas en medio de los árboles y el hombre que le da refugio la vende en el mercado a la tripulación del joven capitán Kenneth, se encuentra en medio del mar en aventuras y nuevos descubrimientos en la trama. Como las leyendas del imperio y los elegidos en la corona para poseer dones otorgados por los protectores.

LEYENDA

Las leyendas son persecuciones ocultas que uno piensa que son cuentos infantiles, simples historias narradas por hombres, historias sin ningún sentido más que asustar al prójimo. El imperio se destrozó en el momento de la nada, sin luz y sin esperanza, sin rasgo de orden.

Los Protectores, seres especiales bajaron del cielo para generar una nueva especie, entre ellos los seres de Luz, tan poderosos como ellos reproduciéndose con esperanza y vigilados por el bienestar de ellos, hasta que la oscuridad predominó, volviéndolos crueles y codiciosos a tal extremo que el continente se dividió, dejando solo un imperio dentro de las múltiples estaciones de tierra. Los protectores al ver tal desorden abrieron una brecha entre los mundos, donde un viajero restablecería el orden cuando la codicia y el poder predominará.

El anhelo y la vulnerabilidad de un ser mortal fusionando su cuerpo y alma con un inmortal para amarse o morir. Creando la esperanza de un nuevo orden donde alguien mortal, destinado a viajar, sería la debilidad de un ser inmortal.

Prefacio.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis..., la cuenta comenzaba para jugar al escondite.

Suzanne Fisherghat detestaba jugar al escondite, bueno, en realidad la niña no lo odiaba, simplemente odiaba ser la que buscaba. «¿Por qué Charles —el niño con el cual jugaba—, no podía simplemente dejarla ganar?». No era justo que siempre era ella la que contaba en los juegos. «¿Acaso era tan mala jugando al escondite que siempre contaba?»

Siguió contando con los ojos cerrados recargada en la pared. Saltándose cada cierto tiempo un número: Doce, quince, veinte, veintitrés..., no es que no se supiera los números, de hecho, Susie se había esforzado tanto en aprenderse los números del uno al cien para que su madre le comprara un bonito broche —color rosa— que había visto en el aparador de la tienda de la esquina. Así que si, Susie se sabía los números del uno al cien, solo que a la niña le frustraba contar hasta dicho número para poder buscar al niño.

Soltó un quejido.

Y siguió contando hasta el cien de mala gana. Odiaba contar, el juego era aburrido si todo el tiempo uno se la pasaba contando y, aparte Susie estaba agotada, aburrida, frustrada y a punto de decir las palabras: “listos o no”; cuando sintió unas manos cubriendo sus ojos.

— ¿Quién soy? —Escuchó.

Le quitó las manos de la cara molesta, tenía las mejillas tan sonrosadas como un tomate maduro y sus ojos color cerúleo chispeaban de ira.

—Se supone que te estas escondiendo Charles —pronunció Susie enfadada; estaba tan furiosa y a punto de la colera que se le marcó la rojes por toda la cara.

—Vamos, no te enojes —contestó el niño—. Ven, vamos a la cocina a comer galletas. Acabo de pasar y tienen un aroma delicioso.

—No quiero —respondió.

Susie cruzó los brazos sobre su vestido rosa con volados; el nuevo que le había comprado su madre por su cumpleaños. La niña tenía las mejillas rosadas y salpicadas de pecas, las cuales le hicieron ver adorable aun con el ceño fruncido.

—Vamos pecosa—Le dio un ligero codazo el niño—, no seas enfadosa.

—No me digas pecosa.

—Suena lindo, ¿No lo crees?

—No.

Charles frunció el ceño.

—Está bien, sabes y ¿si te convido de mis galletas? —le preguntó el niño.

Susie lo miró fijamente; quería galletas, amaba las galletas, pero aun así estaba enojada con Charles. Se suponía que debía de estar escondido, no estar en la cocina viendo si ya estaban las galletas.

—Quiero galletas con leche —pronunció ella.

Charles sonrió de vuelta.

Susie adoró esa sonrisa tan linda que poseía el niño cinco años mayor que ella. Charles tenía la misma edad que William su hermano mayor, y aunque su hermano poseía una bonita cabellera rubia, la de Charles era oscura.

Susie lo miró; Charles le sonrió y le tendió su mano enfrente de ella para que la tomara.

Era su primer verano jugando con él. Había viajado desde Cambridge a Virginia junto con su padre y sus hermanos por cuestiones de trabajo y se habían alojado en la casa de campo de la familia de Charles. Solo estarían dos semanas y luego partirían de vuelta a Cambridge. Los hermanos mayores de Susie jugaban croquet en el patio trasero de la casa y siempre la dejaban de lado tachándola de berrinchuda cuando quería leer cuentos y los perseguía por los jardines del laberinto del patio trasero; tratando de atraparlos para jugar junto con ellos. Los muy mendigos se habían ido dejándola sola y llorando hasta que la cara se le puso roja.

Tal vez cuando fuera más grande se vengaría, pero aún no podía.

—Y... ¿Qué tal un chocolate caliente con malvaviscos? —cuestionó Charles.

— No, quiero leche —respondió de nuevo ella, chocando la suela de sus zapatos color rojo contra las losas blancas recién fregadas del piso.

Charles sonrió y le tomo de la mano mientras la guiaba a la cocina; Susie lo observó de nuevo, el niño era tan alto, bonito y era amable; a pesar de que podía estar jugando con sus hermanos en el patio. Se había quedado junto a ella al verla triste sentada en el viejo mueblecillo de la sala y le había dado un trocito de chocolate mientras le preguntaba “¿por qué la cara larga?” cuando tenía los ojos más bonitos que había visto.

Susie le apretó la mano, lo sujetó tan fuerte con sus pequeñas manos. Las manos de Charles eran más grandes y se sentían suaves como ásperas al tacto.

Pasaron juntos por el salón de descanso donde se encontraba la alfombra favorita de la madre de Charles, una señora muy amargada para el gusto de Susie y para todo el mundo que la conociera. La Sra. Eleonor Smith era tan insoportable como una piedrilla en el zapato, lo suficiente para que te inclines, pongas de cabeza el calzado y te deshagas del importuno.

—Por aquí Susie —indicó Charles—. Si se mancha la alfombra, madre se enfadará, y lo que menos queremos es que nos riñe, ¿cierto?

Susie asintió tomada de su mano.

Charles la guio con cuidado por la estancia, para no ensuciar la alfombra. Eleonor Smith era muy estricta y enfadosa con respecto al orden de su casa. Susie recordó que el día de ayer había regañado a sus hermanos, cuando habían entrado con los zapatos hechos un desastre en el saloncito. La señora parecía que se iba a jalar los cabellos a tirones y salirle humo por las orejas. Si no fuera por el Sr. Henry y su intersección; sus hermanos estarían enterrados en el patio como el perro que yacía muerto debajo del árbol.

—Charly—le habló ella.

—Mm —contestó—, que pasa Susie.

— ¿Tú crees que soy berrinchuda? —preguntó.

—Un poco —contestó con una sonrisa—. Pero solo un pequeñín de berrinchuda.

—Eso no ayuda Charly —contestó Susie con voz triste—. Mis hermanos creen que soy berrinchuda y que soy hija de papi.

—Susie eres la favorita de tu padre, solo están celosos de que te adora mucho.

— ¿Y tú me adoras? —le preguntó con los ojos brillosos, mirándolo a la cara. Su peinado le enmarcaba el rostro y la niña se veía tierna con los moños adornando sus dos coletas.

— Si, yo te adoro—contestó.

Las palabras pronunciadas por el niño la tranquilizaron. Susie se sintió más tranquila caminando a la cocina junto con Charles.

Él era su amigo, el niño con el cual jugaba en los jardines. Con el que compartía galletas y bebía leche mientras le contaba cuentos. Se guardó para sí misma lo mucho que le gustaba jugar con él y lo mucho que esperaba el siguiente verano. Pero más no sabía que el verano que más esperaba jamás volvió.

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