—Cálmate, Eros —dijo mi padre con esa voz profunda y autoritaria que siempre utilizaba para dominar las juntas directivas. Su tono no era un ruego, era una orden, y al instante me hace ver que estamos llamando la atención de los pocos empleados y ejecutivos que aún transitaban por el elegante vestíbulo del edificio—. Suéltalo ya. ¿Hacia dónde iban ustedes dos con tanta prisa?
Aflojé el agarre de las solapas del traje de mi tío con lentitud, dándole un último empujón cargado de advertencia antes