MARCUS
—Mayla, ¿estás dormida?— pregunté en voz baja, sabiendo que mi compañera necesitaba descansar todo lo que pudiera, sin embargo, yo empezaba a sentirme cada vez peor, mi herida me estaba pasando factura.
No estaba seguro de cuánto tiempo habíamos estado atrapados en el sótano, pero Gregorio había vuelto para comprobar mi herida, murmurando para sí mismo acerca de cómo debería estar sanando y cómo se había asegurado de que me había dado la dosis correcta de plata para mantenerme con vida p