4. PAPÁ MINETTI  

ALESSANDRO: 

Han pasado veintiún años desde que volví a sentir que mi vida tenía una razón por la cual luchar. Cuando Rufo abrió la puerta del quirófano y salió con aquella pequeña bebé de cabello rojo rizado, que abrió sus increíbles ojitos verdes y me miró, supe que había caído irremediablemente perdido ante su encanto.  

—Alessandro, esta es tu hija —dijo emocionado—. Vamos, tómala.  

La tomé en mis brazos con una felicidad indescriptible y, al mismo tiempo, el más terrible de los miedos se apoderó de mí. Recordé la misma alegría que había sentido cuando tuve a mi primogénito, Alessandrito, por primera vez en mis brazos. Pero luego vino a mi memoria el momento en que lo sostuve inerte y sin vida, la última vez antes de depositarlo en aquel frío ataúd.  

Fue entonces cuando juré que la protegería por encima de todo. No permitiría que me arrebataran a mi pequeña Alessia, como tampoco a su hermano Kenet cuando llegó un año y medio después. Decidí que los criaría como lo que eran: hijos de dragones, miembros de la organización mafiosa más temida y poderosa del mundo. Por eso, debían ser fuertes. Junto a mis padres, que finalmente confiaron en mí para dirigir la organización mientras ellos vivían con tranquilidad junto a mi hermana adoptiva Alexa y mi abuelo en la casa, asumí mi papel.  

No es que mis padres no me apoyen. Lo hacen cada vez que los necesito, dándome valiosos consejos. Mamá, junto a Rufino, como consiglieris, forman un equipo increíble; sus mentes brillantes se complementan. Ambos llevan a cabo los planes más extraordinarios sin dificultad. La inmensa riqueza que poseemos, y la que seguimos generando, nos otorgan esa ventaja. Aunque mamá siempre opera desde la casa, ya que apenas sale. Solo lo hace para asistir a las innumerables organizaciones benéficas que ella y las demás mujeres de la familia han creado.  

Mi padre es otra historia. Aunque me dejó el cargo de primer dragón, sigue participando activamente en la organización. Actúa como un segundo consigliere, lo que significa que ahora tengo tres grandes consejeros. Lilian, por su parte, ha cambiado mucho con los años. Se ha vuelto muy responsable y ahora dirige el hospital hombro a hombro con Rufino. No es que vayan todos los días, pero ambos aún ejercen como excelentes médicos. Lilian es tan reconocida como él, aunque su enfoque está más centrado en los entrenamientos de nuestros hijos y de mis sobrinos, Lucien y Laurent.  

Esos cuatro forman una unidad que me llena de orgullo. Y, como todo padre, no puedo negar que tengo una debilidad por mi pequeña Alessia. Finalmente elegimos llamarla así a petición de mi madre, un nombre similar al mío. Heredó mi altura y algunos de mis rasgos, aunque parece más una copia de Lilian. Tiene ese pelo rojo alborotado y esos encantadores ojos verdes.  

Recuerdo que, un día en la boda de mis padres, después de haberme golpeado accidentalmente con su pequeño zapatito en la cabeza, exclamó:  

—¡Ups! ¡Me equivoqué, papá, me equivoqué!  

Desde entonces, no he podido negarle absolutamente nada. Ese día todos se rieron, incluyéndome, y corrí a cogerla en brazos para calmar el susto que reflejaban sus hermosos ojitos. Ahí fue donde mi debilidad por ella tomó raíces profundas. No importa lo que haga, cuando suelta esa frase, no puedo evitar verla como vi a su madre el día que interrumpió mi boda, diciendo:  

—¡Ups! Me equivoqué, no eres mi prometido.  

Con Alessia, siempre termino riendo y olvidando cualquier molestia. Ella lo sabe y se aprovecha de mi debilidad, reforzando su ventaja con besos y abrazos. Es que… es mi niña. Cada día la veo crecer, volverse más hermosa y sé que, en algún momento, tendré que dejarla ir. Y eso me roba el sueño. ¿Quién será el hombre que ella ame? ¿Será capaz de protegerla? ¿De cuidarla? ¿De hacerla feliz?  

Durante estos años me he encargado de espantar a todos los posibles pretendientes, aunque juro que no lo hago intencionalmente. Solo quiero estar seguro de que quien quiera estar con mi hija, lo haga por ella, no por el poder que podría obtener a través suyo. Este es un punto que nadie parece comprender, especialmente su madre.  

—Ale, deja de espantar a los enamorados de Alessia —me advierte Lilian—. El día menos pensado se escapará con el primero que logre enamorarla, porque no le permites vivir sus propias experiencias.  

—Lili, ella solo será de su esposo —le respondo siempre—. En esto no voy a ceder. Me encargaré de buscarle un buen hombre.  

—¿Qué locura estás diciendo? —ríe, incrédula—. Papá Minetti, no estamos en la época medieval, cuando casaban a las mujeres sin haber visto nunca al marido. ¡Deja que la niña viva el amor!  

—¡Lili! ¡Deja de meterle esas ideas a tu hija en la cabeza! —le replico furioso—. Es tu culpa que sea tan rebelde.  

—¿Mi culpa? ¿Quién es el que la entrena como si fuera un chico y luego le perdona todos sus errores? —me cuestiona, logrando que baje la mirada—. Tú, porque yo no soy. Menos mal que Migue la lleva a salones de belleza. Si fuera por ti, andaría con el cabello rapado como Kenet y vistiendo igual que él.  

—¿Y qué tiene de malo eso? —pregunto, tratando de ocultar mis intenciones.  

—Ale, te estás pasando con tu hija. Déjala respirar un poco —me pide con seriedad—. Por eso mismo he decidido mandarla, junto con Kenet y sus primos, a París, para que estudien allá en la universidad y vivan como jóvenes normales, sin que tú los estés persiguiendo en cada movimiento.  

—¡Te dije que no! —me niego con firmeza.  

—Pues no me importa —dice ella, decidida—. Ya matriculé a los cuatro y se van en un mes. ¡Acostúmbrate a la idea!  

—¡Señora Minetti! ¡Soy el "Capo di tutti i capi"! Yo soy el jefe de esta familia, y aquí se hace lo que yo diga. ¡Y dije que no, no se van!  

—Y yo soy Lilian Minetti, tu "primera dama", y te digo que "se van". ¡Se van! ¿Capisci? —me desafía con esa mirada que tantas veces me ha desarmado.  

Después de un largo silencio lleno de tensión, cedo un poco, pero sin soltar del todo las riendas.  

—Solo lo harán si me demuestran que son capaces de cuidarse solos y no dejarse engañar. Si me convencen, pueden irse, pero deben quedarse en la casa de Damián. ¡Y no creas que no los estaré vigilando! ¡Lo haré! No soportaría perderlos, Lili. No soportaría que me los quiten como a Alessandrito.  

Mi voz se quiebra. Lilian lo entiende como siempre y, sin decir nada más, me abraza con fuerza. Ese siempre ha sido mi mayor terror. Perder a otro hijo, verme obligado a enterrarlos. Me estoy asfixiando con este miedo. Pero esto… esto también está asfixiándolos a ellos.  

—Ale, a mí también me aterra perderlos. —Su voz es suave, cálida—. Pero esto que estamos haciendo no está bien.  

—¿Y si los matan, Lilian? ¿Qué sería de mí? —pregunto, con la garganta cerrándose por el peso de mis emociones, dejando escapar un rugido contenido.

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