En ese momento, perdió la paciencia.
Esta vez, fue brusco y rápido, como si me estuviera usando nada más para desahogarse, como si yo fuera un simple juguete.
Pero ni así quedaba satisfecho. De verdad, se tardaba mucho. Mi marido tocó la puerta varias veces para apurarlo, y yo me tapé la boca por miedo a que se me saliera un grito.
Al final, mi marido no aguantó más y ya estaba a punto de entrar al consultorio, así que, de mala gana, él se subió los pantalones.
Yo me sentía débil, como si me hub