Celeste
Los días siguientes habían sido extremadamente raros. En la cocina me miraban de reojo, las guerreras habían dejado de tratarme como un bicho raro y, si bien me vigilaban, ahora lo hacían con tanto cuidado que era casi imperceptible.
Fabrizio dominaba mi tiempo libre, y después de contarle que escuchaba esas armas susurrarme, se había emocionado bastante y me había puesto varias tareas. Entre ellas, un pesado entrenamiento con Eva, quien parecía extremadamente contenta de pelear conmig