Mundo ficciónIniciar sesiónÉl había sido atacado. Ella lo había salvado. Él era el temido Rey Alfa del Norte. Ella una esclava. Ellos eran compañeros destinados. Él estaba prometido con otra mujer. Ella aceptaba su rechazo. Él no sabía amar. Ella estaba rota. Tanto en el amor como en la guerra no hay soldados sin heridas. Será Lukyan capaz de romper el lazo que le une a Ada y dejará escapar a su amor verdadero por seguir las normas...
Leer másEspecial. Úrsula, Andrea y Vladimir. El burdel de Úrsula no tenía ningún nombre, no lo necesitaba. En aquella pequeña manada del sur, todos sabían dónde encontrarlo: una casa de madera con faroles rojos que parpadeaban como luciérnagas cansadas, y una puerta que nunca cerraba del todo. Allí, entre cortinas raídas, risas fingidas y perfumes baratos, Úrsula reinaba como madame, una sombra de lo que alguna vez fue. Había sido Luna. Hermosa, altiva, con la espalda recta y el mentón siempre en alto. Tenía sueños de reinos, de poder, de respeto. Pero los años, las traiciones y su obsesión por un amor que nunca le perteneció la habían arrastrado a este rincón olvidado, donde el sudor, la resignación y el olvido eran moneda corriente. Su hija, Andrea, había partido hacía mucho. Ella misma la había abandonado por saciar sus ansias de poder. La dejo sin mirar atrás, y ella se quedó con una rabia que la había acompañado desde niña, como una loba silenciosa que nunca la soltó. El día que Úrsu
Especial. Talía & Sergey El mundo había cambiado tanto que a veces Talía se despertaba en medio de la noche, esperando que la llamaran desde el pasillo, con la urgencia de una batalla, un mensaje urgente de Ada o un ataque del Este que obligara a movilizar a la manada. Pero el silencio era lo único que le respondía. Un silencio apacible, envuelto en el canto de los grillos y el suave murmullo del viento entre los árboles de Bright Moon. Habían pasado años desde que Ada y Lukyan decidieron retirarse. No fue algo dramático ni repentino. Fue más bien como el ocaso de una era, natural y merecido. Después de unir dos reinos divididos, después de perder y ganar tantas veces, simplemente... decidieron parar. Ceder el mando, respirar hondo y dedicarse a vivir. Talía y Sergey lo entendieron al instante. Les habían jurado lealtad a ellos, no al poder en sí. Y cuando sus Alfa y Luna dieron un paso atrás, ellos también lo hicieron. No hubo discursos ni ceremonias. Solo empacaron lo necesario,
Especial. Iván & Neriah Iván jamás imaginó que su redención empezaría con la mirada de una loba que no tenía miedo de enfrentarlo. Años de guerras, traiciones, de urdir planes oscuros entre las sombras para derrocar a su propio hermano, lo habían dejado vacío. Un cascarón endurecido por el odio, alimentado por el rencor. Pero Neriah no retrocedió. No cuando lo encontró en las mazmorras del Este, no cuando vio lo que quedaba de él: un alma rota, famélica de afecto. Después de la guerra, Iván se quedó un tiempo junto a Lukyan. Lo ayudó a reorganizar las defensas del Norte, colaboró en las negociaciones de paz e incluso salvó su vida cuando un grupo de leales al antiguo Alfa del Este intentó envenenarlo. Esa fue la última muestra de lealtad. No porque dejara de ser fiel, sino porque entendió que su historia con el poder ya no tenía cabida allí. Era un nuevo tiempo, uno en el que él no encajaba. Lukyan le ofreció tierras, un puesto en su Consejo, una segunda oportunidad para empezar de
Capítulo 135. Epílogo El viento soplaba suave entre las montañas del Norte, trayendo ese olor tan familiar a pino y a tierra húmeda. El castillo seguía ahí, firme, aunque ya no imponía tanto como antes. Con los años se había vuelto más cálido, más humano. La hiedra trepaba por sus muros, las torres reflejaban la luz del sol y las puertas siempre estaban abiertas para quien necesitara un lugar donde quedarse. Ya no era un sitio de guerras, secretos e intrigas. Ahora solo era un hogar. El símbolo de todo lo que se construyó con paciencia, dolor y amor. Halley caminaba por los pasillos, sola pero en paz. Sus pasos eran tranquilos, su cuerpo fuerte, aunque su mirada —esa sí— cargaba con el peso de todo lo vivido. No era cansancio de la vida. Era cansancio del deber. Paró frente al gran salón. Allí la esperaba Elian, su hermano. Alto, serio, con esa misma chispa violeta en los ojos que Ada le había dejado como herencia. Él había crecido sin palacios, sin coronas. Pero cuando le tocó p
Último capítulo