—¡Padre, por favor!
Mi voz salió rota, como si se hubiera quebrado antes de llegar a mis labios. No era solo una súplica; era el último intento desesperado de aferrarme a algo que ya se estaba desmoronando frente a mis ojos.
Sentí cómo todo dentro de mí temblaba mientras lo miraba a él, a mi padre. Sus ojos estaban fríos, endurecidos, como si yo ya no fuera su hija, sino un problema imposible de corregir. Permanecía inmóvil, con la mandíbula tensa, los brazos rígidos a los costados, como si cual