POV Azkarion.
El día del entierro de papá amaneció gris, de ese gris denso que parece anunciar no solo lluvia, sino despedidas definitivas. El cielo estaba bajo, pesado, como si incluso el mundo hubiese decidido inclinar la cabeza en señal de duelo. El aire olía a tierra húmeda y a flores recién cortadas, y cada paso que daba hacia el cementerio se sentía como una confirmación dolorosa de lo inevitable.
Estábamos en el panteón familiar, el lugar donde descansaban todos los D’Argent, una línea de nombres grabados en piedra que hablaban de poder, historia y silencios heredados. Nunca pensé que el nombre de mi padre se uniría a esa lista de una forma tan abrupta, tan final.
El abuelo no pronunció una sola palabra durante todo el día. No lloró. No se derrumbó. Pero lo vi roto. No de esa manera ruidosa y desesperada en la que algunas personas se quiebran y se hunden sin pudor, sino de una forma mucho más triste: silenciosa, resignada, absoluta. Era como si algo dentro de él se hubiese apag